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El futuro del cáncer es hoy

En la actualidad, cada nuevo fármaco dispensado en cualquier hospital de día arrancó su trayectoria mucho tiempo antes: años, a veces décadas, en la mesa de un laboratorio, para después transitar por un proceso largo y exigente antes de llegar al paciente. El ensayo clínico es, probablemente, el eslabón menos “agradecido” en una investigación oncológica, pero sí el más decisivo. Sin ensayos clínicos, ningún avance de laboratorio se convertiría nunca en una realidad.

Un ensayo clínico es, en esencia, una pregunta científica formulada con el máximo rigor posible: ¿Este tratamiento es seguro? ¿Funcionará mejor que las alternativas disponibles? ¿En qué pacientes concretos responderá mejor? 

Los ensayos se organizan en fases. La fase I busca sobre todo seguridad y dosis adecuada, normalmente en un grupo reducido de pacientes. La fase II empieza a valorar si el tratamiento realmente funciona en la enfermedad concreta que se estudia. La fase III lo compara, en cientos o miles de pacientes, con el mejor tratamiento disponible hasta ese momento. Solo si supera las tres fases, un fármaco podrá aspirar a la aprobación de las agencias reguladoras y, finalmente, llegar a la práctica clínica habitual.

Es un proceso lento, caro y exigente, con muchos más fracasos que éxitos. Pero es también la garantía de que lo que llega finalmente a la consulta ha sido puesto a prueba con el máximo rigor posible.

KRAS o cómo se necesitan los estudios

Pocas historias ilustran mejor la importancia de la investigación sostenida en el tiempo que la del oncogén KRAS. Identificado, hace más de cuarenta años, como uno de los genes alterados más frecuentes; presente en una parte muy significativa de los cánceres de pulmón, colon y páncreas; KRAS fue durante más de tres décadas considerado «indrogable»: su superficie, extremadamente lisa, no ofrecía ningún punto de anclaje conocido para diseñar un fármaco que lo bloqueara. Generaciones enteras de investigadores lo estudiaron sin lograr traducirlo en un tratamiento.

El punto de inflexión llegó con el descubrimiento de un pequeño bolsillo, presente solo en una de sus variantes mutadas, que sí podía servir de diana. A partir de ese hallazgo, ya entonces, llegaron los primeros inhibidores capaces de bloquear específicamente esa variante, aprobados primero en cáncer de pulmón avanzado.

Hoy la investigación avanza hacia variantes de KRAS todavía más frecuentes, buscando ampliar los logros a más pacientes y más tipos de tumores.

Un recordatorio útil: en investigación oncológica, un objetivo “imposible” durante treinta años puede convertirse, de la noche a la mañana, en uno de los avances más prometedores de la década.

Además de KRAS, existen actualmente otros frentes abiertos en cuanto a la transformación que está experimentando el modo en que se trata la enfermedad tumoral. Las terapias CAR-T, que ya son un tratamiento consolidado en algunos tumores hematológicos, empiezan a ensayarse con resultados cada vez más firmes en tumores sólidos. Los llamados biomarcadores agnósticos, alteraciones genéticas que pueden aparecer en tumores de órganos muy distintos, y que responden al mismo tratamiento independientemente de dónde se originó el cáncer, están cambiando la forma en que se diseñan los ensayos clínicos: ya no siempre se estudia “el cáncer de un órgano”, sino “la alteración molecular” que presente, esté donde esté. Asimismo, la biopsia líquida permite hoy seguir la evolución de un tumor y detectar signos precoces de resistencia a un tratamiento mediante análisis de sangre repetidos, algo impensable hace tan solo unos años.

Participar en un ensayo clínico: mitos y realidad

Existe todavía cierto recelo social en torno a los ensayos clínicos, la gran mayoría de las veces, por desconocimiento. En realidad, participar en un ensayo clínico oncológico bien diseñado significa acceder, con todas las garantías éticas y de seguridad exigibles, a tratamientos que en muchos casos no están disponibles por ninguna otra vía, bajo un seguimiento médico especialmente exhaustivo.

Ningún ensayo clínico puede realizarse sin el consentimiento informado del paciente, ni sin la supervisión de comités de ética independientes. Lejos de ser una “última opción” desesperada, en muchos tumores, participar en un ensayo clínico es hoy una vía legítima, y a veces incluso la más avanzada, de acceso a la innovación terapéutica.

Detrás de cada resultado de un ensayo clínico hay una disciplina que rara vez ocupa titulares, pero sin la cual ningún avance en Oncología podría validarse: la Bioestadística. Determinar si una diferencia de supervivencia entre dos grupos de pacientes es real o simplemente fruto del azar, calcular cuántos pacientes hace falta incluir en un estudio para que sus conclusiones sean fiables, o interpretar correctamente una curva de supervivencia, son tareas tan decisivas como el propio hallazgo biológico que se está probando.

Un fármaco puede tener una base molecular impecable y, aun así, fracasar en un ensayo mal diseñado o con una muestra insuficiente. Por eso la metodología de investigación clínica, con toda su carga de estadística y diseño de estudios, ocupa un lugar destacado en la formación de cualquier profesional que aspire a moverse con soltura en el mundo de los ensayos oncológicos, tanto si su vocación es la investigación como si es la práctica clínica.

Cada ensayo clínico en marcha en este momento, en cualquier lugar del mundo, es una apuesta por un tratamiento que, dentro de cinco o diez años, se convertirá en terapia estándar. La velocidad a la que se están sucediendo estos avances, especialmente en el terreno de la Oncología molecular, hace que formarse hoy en un área como ésta, signifique aprender a leer ensayos clínicos con criterio, a entender qué datos son sólidos y cuáles preliminares, y a mantenerse actualizado en un terreno que cambia vertiginosamente. El futuro del tratamiento del cáncer no es una promesa lejana, el futuro del tratamiento del cáncer es ahora.