Oncología molecular o la revolución en la forma de entender y tratar el cáncer

Entender el cáncer desde dentro, desde el lenguaje del ADN de cada célula, ha cambiado para siempre la forma de abordaje de la Medicina actual. Lo que hace unas décadas parecía ciencia ficción, hoy es una realidad que salva vidas: fármacos diseñados molécula a molécula, tratamientos que distinguen un tumor de otro, terapias que duplican la supervivencia… En todo esto y más se adentra la Oncología molecular, en un futuro que se conjuga en presente.

Hace apenas unas semanas, el auditorio del mayor congreso de Oncología del mundo -ASCO- se puso en pie para aplaudir un prometedor hallazgo científico. No es algo que ocurra a menudo en un congreso médico, pero el anuncio lo merecía: por primera vez, un fármaco había logrado inhibir RAS, una de las mutaciones más frecuentes y resistentes del cáncer de páncreas, casi duplicando la supervivencia de los pacientes. El nombre del fármaco importa menos que lo que representa: una victoria más de la Oncología molecular sobre una enfermedad, a priori, invencible. Pero para entender por qué este momento ha sido histórico, hay que remontarse al origen de todo esto.

El cáncer visto desde dentro

Durante la mayor parte del siglo XX, el cáncer se entendía como un problema de células que crecían sin control. Se veía, se medía, se intentaba extirpar o destruir. La cirugía, la radioterapia y la quimioterapia eran las únicas armas disponibles, y todas ellas atacaban el tumor desde fuera, sin conocer realmente qué lo hacía crecer.

El giro llegó en las décadas de 1970 y 1980, cuando los investigadores empezaron a identificar los oncogenes, genes que al mutar impulsaban el crecimiento tumoral, y los genes supresores de tumores, cuya función es precisamente frenar ese crecimiento. De repente, el cáncer dejó de ser una caja negra. Tenía un lenguaje interno, escrito en el ADN de las células, que podía leerse e interpretarse.

El descubrimiento del oncogén RAS, la caracterización del gen BRCA1 en el cáncer de mama hereditario, la identificación de la fusión BCR-ABL en la leucemia mieloide crónica… Estos y muchos otros hallazgos fueron construyendo, pieza a pieza, la base de lo que hoy conocemos como Oncología molecular.

El momento en que la Oncología molecular dejó de ser solo ciencia básica y se convirtió en medicina real tiene un nombre propio: imatinib. Este fármaco, aprobado en 2001 para la leucemia mieloide crónica, fue el primer inhibidor de tirosina quinasa dirigido contra la proteína BCR-ABL. La tasa de respuesta fue tan extraordinaria que cambió para siempre la idea de lo que era posible en Oncología. A partir de ahí, el avance fue imparable: los inhibidores de EGFR en cáncer de pulmón, el trastuzumab en mama HER2 +, los inhibidores de BRAF en melanoma, la inmunoterapia con anti-PD1 y anti-PDL1…

Cada uno de estos tratamientos nació de una comprensión molecular del tumor, de ahí la necesidad de especialistas que entiendan qué está pasando a nivel celular y molecular, y no sólo qué aspecto tiene un tumor al microscopio.

Hoy, la Oncología molecular no es una subespecialidad emergente, es el núcleo de la Oncología moderna. La secuenciación de nueva generación (NGS) permite analizar en pocas horas el perfil mutacional completo de un tumor; la biopsia líquida detecta ADN tumoral en sangre, permitiendo monitorizar la respuesta al tratamiento sin necesidad de cirugía; los paneles de biomarcadores determinan si un paciente puede acceder a una terapia dirigida o a inmunoterapia.

La clasificación de los tumores, además, ya no se basa únicamente en su origen anatómico o su morfología. La OMS ha ido incorporando criterios moleculares en sus clasificaciones (tumores del sistema nervioso central, linfomas, sarcomas, etc.), reconociendo qué entidades, que parecían iguales al microscopio, se comportan de forma radicalmente diferente según su Biología molecular.

Más precisión, más personalización y, por supuesto, más formación

Si el presente de la Oncología molecular ya es transformador, el futuro promete serlo aún más: la Inteligencia artificial aplicada al análisis de imágenes histológicas y datos ómicos está abriendo nuevas vías de diagnóstico y estratificación de pacientes; la Medicina de precisión avanza hacia la personalización del tratamiento, no solo por tipo tumoral sino por perfil molecular individual; las terapias celulares -CAR-T, CAR-NK-representan una nueva frontera en el tratamiento de neoplasias hematológicas y, cada vez más, tumores sólidos.

Todo esto ocurre a una velocidad que hace apenas veinte años habría parecido ciencia ficción; y genera una necesidad formativa urgente: los especialistas vinculados al diagnóstico y tratamiento del cáncer necesitan una formación solvente en bases moleculares que ni el grado de Medicina, ni la especialización MIR, por su amplitud y estructura, pueden cubrir con la profundidad necesaria. Es precisamente en este contexto, donde nace y cobra sentido el Máster en Oncología Molecular, un programa ofrecido, conjuntamente, por la Universidad Rey Juan Carlos y el Centro de Estudios Biosanitarios.

En definitiva, si la Oncología molecular es ya el presente (hecho futuro) de la lucha contra el cáncer, formarse en sus bases moleculares ya no es una opción, es una necesidad.