Lo que la ciencia molecular nos enseña sobre disminuir el riesgo de padecer cáncer
Se estima que un tercio de las muertes por cáncer a nivel mundial están relacionadas con factores de riesgo evitables: tabaco, alcohol, dieta inadecuada, sedentarismo e infecciones. Es un dato que conviene leer con cuidado, sin caer en la culpabilización, porque el cáncer nunca es responsabilidad exclusiva de quien lo padece. Pero también es un dato esperanzador: significa que una parte importante del riesgo de desarrollar cáncer sí depende, al menos en parte, de decisiones que están a nuestro alcance. Y la investigación molecular está ayudando a entender exactamente por qué.
El tabaco sigue siendo, con diferencia, el factor de riesgo evitable más importante en cáncer, responsable de más del 90 % de los casos de cáncer de pulmón y de una parte relevante de otros muchos tumores. En España, el descenso del hábito tabáquico en hombres ya se refleja en una reducción real de la incidencia de cáncer de pulmón y de vejiga en varones. La mala noticia es que la tendencia en mujeres va en sentido contrario: la incidencia de cáncer de pulmón femenino no deja de crecer, y ya es 2,4 veces superior a la registrada en 2006, hasta el punto de convertirse en la primera causa de muerte por cáncer en mujeres en España. Es uno de los recordatorios más claros de que la prevención no es una batalla ganada, sino algo que hay que requiere de proyectos divulgativos que arraiguen de generación en generación.
Uno de los campos que más ha crecido en los últimos años es el estudio del microbioma, el conjunto de bacterias y otros microorganismos que habitan nuestro intestino, y su relación con el cáncer. La investigación molecular ha empezado a desentrañar cómo la composición de esa comunidad bacteriana puede influir en procesos inflamatorios relacionados con el cáncer colorrectal, e incluso en la respuesta de algunos pacientes a la inmunoterapia. Es un campo todavía en desarrollo, pero que ya apunta a algo relevante: factores tan cotidianos como la alimentación pueden tener una influencia molecular mucho más profunda de lo que se pensaba hace solo una década.
La relación entre obesidad y cáncer no es solo estadística, tiene una base molecular cada vez mejor caracterizada. El exceso de tejido adiposo genera un entorno de inflamación crónica de bajo grado y altera el equilibrio hormonal y metabólico del organismo, dos factores que pueden favorecer el crecimiento tumoral en varios tipos de cáncer, entre ellos el de colon, el de mama posmenopáusico o el de endometrio.
Entender estos mecanismos no es un ejercicio académico: está permitiendo identificar nuevas dianas terapéuticas relacionadas con el metabolismo, y refuerza un mensaje de salud pública que la ciencia respalda cada vez con más solidez.
Más allá del virus del papiloma humano, cuya relación con el cáncer de cérvix es ya ampliamente conocida gracias a las campañas de vacunación, existen otras infecciones con un papel relevante en el desarrollo de determinados tumores, desde ciertas hepatitis virales relacionadas con el cáncer de hígado hasta la bacteria Helicobacter pylori, vinculada al cáncer gástrico.
La prevención y el tratamiento de estas infecciones, muchas veces silenciosas durante años, es una de las estrategias de prevención oncológica con mejor relación entre esfuerzo y resultado, precisamente porque actúa mucho antes de que aparezca cualquier síntoma relacionado con el cáncer.
No todo el riesgo de cáncer depende de hábitos de vida. En un porcentaje de casos, la predisposición genética hereditaria juega un papel determinante, como ocurre con las mutaciones en los genes BRCA1 y BRCA2 en cáncer de mama y ovario, o con el síndrome de Lynch en cáncer colorrectal.
El consejo genético en Oncología, una disciplina que combina Genética molecular con acompañamiento clínico, permite hoy identificar a personas con un riesgo hereditario elevado y ofrecerles programas de cribado más intensivos, e incluso medidas de reducción de riesgo, antes de que la enfermedad llegue a desarrollarse. Es la prevención llevada a su máxima expresión: actuar mucho antes de que exista cualquier signo de enfermedad.
Vivir da cáncer
Hay factores de riesgo que forman parte de la vida diaria y que, precisamente por su familiaridad, tendemos a subestimar. La exposición solar sin protección sigue siendo la principal causa evitable de melanoma y otros cánceres de piel, un riesgo que se acumula silenciosamente durante años antes de manifestarse.
El consumo de alcohol, incluso en cantidades que muchas personas considerarían moderadas, está asociado de forma directa, y con una base molecular cada vez mejor descrita, con un mayor riesgo de varios tumores, entre ellos el de mama, el de hígado y varios cánceres digestivos.
Y la exposición a determinados disruptores endocrinos, presentes en algunos plásticos y productos de uso cotidiano, es un campo de investigación en expansión que empieza a arrojar luz sobre mecanismos hormonales relacionados con el desarrollo tumoral. Ninguno de estos factores actúa de forma aislada ni determinista, pero todos suman, y toda la evidencia acumulada en las últimas décadas apunta en la misma dirección: pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo tienen, a nivel de población, un impacto medible en la incidencia de cáncer.
Ningún hábito saludable garantiza que una persona no vaya a desarrollar cáncer nunca, y es importante decirlo con claridad, porque el mensaje contrario solo genera culpa innecesaria. Lo que sí sabemos, con una base científica cada vez más sólida, es que evitar el tabaco, mantener un peso saludable, cuidar la alimentación, moverse con regularidad, vacunarse frente al VPH y conocer los propios antecedentes familiares son medidas que reducen de forma real y medible el riesgo de varios tipos de cáncer.
La Oncología molecular no solo ha cambiado la forma de tratar la enfermedad una vez que aparece: está cambiando, cada vez más, la forma de entender cómo evitar que aparezca.



